Koinonia – Comunión de Amor y Fe
Queridos hermanos todo el misterio de nuestra vida espiritual encuentra su plenitud en la verdadera significación y testimonio de nuestra comunión con Dios y entre nosotros mismo. Ser Iglesia no es ser apenas denominación, ser Iglesia es ser cuerpo místico de Cristo que quiere ser instrumento de comunión y comunicación del amor y de la fe.
La palabra koinonia se deriva de la raíz griega koinos “común” y tiene que ver con compartir o tener afecto por cosas en común. “Koinonia es el espíritu del dar generoso en contraste con el espíritu del obtener egoísta . . . se usa para expresar una relación íntima y cercana entablada por las personas. Esta palabra podía usarse para describir una sociedad de negocios, un pacto matrimonial donde los esposos compartían todo, el compañerismo entre hermanos, o una relación con Dios.
En la oleada inicial de fervor después del primer Pentecostés, la Iglesia se reunía para tener koinonia. Lucas relata: “Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones” (Hch2:42).
San Pablo se dio cuenta del valor de este término cuando lo usó para describir “la comunión [koinonia] del misterio escondido desde los siglos en Dios, que creó todas las cosas por Jesús el Cristo. Para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora notificada por la Iglesia a los principados y potestades en los cielos, conforme a la determinación eterna, que hizo en Cristo Jesús Señor nuestro, en el cual tenemos seguridad y entrada con confianza por la fe de él” (Efesios 3:9-12). Esta relación que Dios el Padre y Jesucristo querían tener con nosotros era un “misterio” o revelación previamente escondida acerca de esta koinonia.
De hecho, esta palabra me ha ayudado a orar más eficazmente al darme cuenta de que tenemos koinonia cuando vamos ante Dios el Padre y nuestro intercesor, Jesucristo. El apóstol Juan enfatizó su importancia cuando dijo: “Lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis comunión [koinonia] con nosotros; y nuestra comunión [koinonia] verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo” (1ra Juan 1:3).
La comunión se refiere principalmente a una sociedad espiritual
A menudo escuchamos la palabra “comunión” asociada con la religión, pero lamentablemente ha sido usada más que nada para referirse al Sacramento de la eucaristía. Sin embargo, “comunión” en realidad es el término latín equivalente a koinonia, y en el contexto bíblico principalmente significa compartir una relación espiritual. Dios el Padre y Jesucristo nos consideran “socios” en su obra y en su Iglesia, y quieren que tengamos una relación espiritual íntima con ellos. Por eso es que podemos llamar a Dios el Padre Abba, un término cariñoso que hoy día podría traducirse más o menos como “Papito”. Como Pablo afirma, “Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre!” (Gl 4:6)
Otra sorprendente acepción de koinonia tiene que ver con compartir las posesiones del socio de uno. Nosotros en realidad no tenemos mucho que ofrecer, pero Dios el Padre y Jesucristo son dueños de todo. Sin embargo, ellos quieren compartir lo que tienen con nosotros. Pablo lo expresa de esta manera: “Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados. Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse. Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios (Rom 8: 15-19). Y de eso se trata: ¡nuestra meta es compartir la creación con Dios el Padre y Jesucristo!
Finalmente, cuando participamos de la Pascua, estamos expresando la relación de koinonia con el resto de los hermanos. Como Pablo explicó, “La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión [koinonia] de la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la comunión [koinonia] del cuerpo de Cristo? Siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo; pues todos participamos de aquel mismo pan” (1ro Cor 10:16-17).
Este fue el deseo de Jesucristo, que tuviéramos unidad de mente y espíritu “para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste” (Jn 17:21).
Desde luego, esta maravillosa relación con Dios el Padre, Jesucristo y los hermanos depende de que permanezcamos fieles hasta el fin. “Al principio, cuando confiamos en Cristo, nos hicimos compañeros suyos; y si no dejamos de confiar en él, seguiremos siendo sus compañeros siempre” (Hb 3:14).
Es interesante que la ICAB, precisamente la Mision Catolica del Divino Nazareno asuma esa visión de fe, basada en Efesios 4:16 y Hebreos 2:10, resume muy bien la meta espiritual de koinonia. “Una iglesia guiada por el Espíritu Santo de Dios, unida y entrelazada con lo que cada miembro aporta, todos haciendo su parte y creciendo en amor para llevar a cabo el gran propósito que Dios tiene para la humanidad, de traer muchos hijos a la gloria, siempre gozando del ejemplo de los santos que nos precedieron en la fe y del amparo amoroso de la Virgen María de Guadalupe”.
Mons. Rodrigo Romano ICAB
